Las piscinas cubiertas son áreas de exposición al cloro, que hasta el momento sigue siendo el producto químico más empleado para la desinfección del agua. El colectivo de personas expuestas en una piscina cubierta es muy variado en cuanto a características, edad, actividad y tiempo de exposición. Por otro lado, las Importantes concentraciones de cloro habitualmente presentes en el aire de las mismas, pueden provocar la formación de otros derivados clorados, la exposición a los cuales también cabría considerar. En la presente NTP se resume la experiencia disponible sobre la exposición a cloro por parte de los trabajadores y usuarios de las piscinas cubiertas, así como las normas preventivas básicas para la reducción de dicha exposición.
El ejercicio de la natación es considerado como uno de los deportes más completos que existen, en el sentido de que estimula el desarrollo y el fortalecimiento de toda la anatomía del ser humano.
No es difícil de comprender que el agua de una piscina pública -o por lo menos utilizada por un número relativamente grande de personas- es un vehículo ideal para la transmisión de enfermedades; personas aparentemente sanas pueden ser portadoras de agentes que son capaces de contagiar a otras personas menos resistentes.
Por ello es necesario llevar a cabo una adecuada desinfección del agua del vaso de la piscina con un producto que a la vez de garantizar la desinfección no sea agresivo con respecto al usuario de la piscina ni al medio ambiente.
Desde principios de siglo, la cloración del agua ha sido el método más empleado de desinfección de las aguas de uso público. La cloración puede, además, ir acompañada de la adición de otros productos químicos destinados a regular su calidad y su aspecto.
Aunque existen actualmente procesos alternativos al uso del cloro para controlar la calidad microbiológica de las aguas, como el ozono o las radiaciones UV, la cloración sigue siendo el proceso más común.
A pesar de que la dosificación del cloro se realiza de manera automática y constante, puede suceder que en algún momento exista una cantidad excesiva de cloro tanto en el vaso de la piscina como en el ambiente. Las personas más expuestas al cloro, aparte de los nadadores, son los monitores de natación y personal de mantenimiento.
En ausencia de un adecuado tratamiento químico, el agua de las piscinas puede transformarse en un medio de cultivo para bacterias y hongos, responsables de diversas enfermedades infecciosas (dermatitis, otitis, afecciones del aparato respiratorio o sistema digestivo). Para que el agua de la piscina mantenga de una forma constante y latente un determinado poder microbiocida y desinfectante para combatir la contaminación y garantizar un agua microbiológicamente correcta se recurre al empleo de algunos productos químicos.
Una posibilidad, aunque la menos usada, es la utilización de ozono. De acuerdo con la normativa actual vigente, el dispositivo de ozonización tiene que estar un tiempo mínimo (4 minutos) de contacto con el agua del vaso de las piscinas, mientras que no debe quedar ozono residual libre.
La cloración es el tratamiento desinfectante mayoritariamente empleado en las piscinas tanto públicas como privadas. El objetivo de la cloración es el de garantizar al agua un buen "estado de salud" y mantener la presencia de un cierto nivel de cloro libre activo para actuar como oxidante-desinfectante contra la contaminación provocada básicamente por los mismos bañistas. El cloro, en función del pH, se combina con las sustancias orgánicas dando así origen a la formación de cloraminas (cloro combinado o compuesto) que tienen el poder desinfectante mucho menor que el del cloro libre activo. El cloro combinado o las cloraminas son las verdaderas causas del prurito conjuntival y del molesto olor que tienen a veces las piscinas. La cloración del agua se produce por la reacción de iones hipoclorito y cloruro. Por adición de cantidades adecuadas de hipoclorito y clorhídrico se regula la reacción y se obtiene la cantidad deseada de cloro. Un valor de pH superior a 7,6 es causa de irritación en conjuntiva y mucosas, favorece las incrustaciones y reduce en gran medida la capacidad desinfectante del cloro. De hecho, con valores de pH superiores a 7,6 sólo una mínima parte del producto de cloro añadido al agua se transforma en ácido hipocloroso, que es el verdadero agente oxidante-desinfectante. El resto se transforma en el ion hipoclorito que es 100 veces menos activo como desinfectante que el ácido hipocloroso.
El cloro es un gas irritante de las mucosas y del aparato respiratorio que puede producir hiperreactividad bronquial en individuos susceptibles. El primer síntoma de exposición es la irritación de las mucosas oculares, de la nariz y de la garganta, que va en aumento hasta producir un dolor agudo. Esta irritación afecta también a las vías respiratorias inferiores, produciendo una tos refleja que puede provocar el vómito y en casos extremos edema pulmonar. Las personas expuestas durante largos periodos de tiempo a bajas concentraciones de cloro pueden presentar una erupción que se conoce como cloracné.
La exposición a concentraciones de cloro de 45 mg/m3 provoca irritación de las membranas mucosas del ojo y de la nariz y, especialmente, de la garganta y los pulmones. Concentraciones de 150 mg/m3 o más son muy peligrosas incluso en exposiciones de corta duración. Las exposiciones agudas a altas concentraciones pueden provocar inflamación en los pulmones con acumulación de líquido. Dichos síntomas pueden manifestarse de forma retardada hasta dos días después de la exposición al gas. El edema pulmonar se desarrolla más rápidamente en las personas que se hallaban realizando un trabajo más fuerte. El contacto del cloro con la piel también produce quemaduras. El nivel más bajo al que se detectan sus efectos (NOEL) se asocia habitualmente a su umbral olfativo (< 0.3 mg/m3).
El asma es una enfermedad frecuente, no sólo entre la población infantil y juvenil, sino también en la población adulta. Es un hecho habitual en los últimos decenios que individuos con asma reconocido de varios años de evolución, sean deportistas de alto nivel, quedando por ello demostrado que su enfermedad no es un impedimento para poder rendir físicamente al cien por cien de sus posibilidades. Por otra parte, se ha evidenciado que entre los deportistas de alto nivel, con una prevalencia de asma similar a la de la población general para el mismo rango de edad, existe una prevalencia de hiperreactividad bronquial mucho más elevada, especialmente entre los practicantes de deportes acuáticos. La presencia de hiperreactividad bronquial, si bien no indica la presencia de asma, indica que existe una tendencia de los bronquios a responder más fácilmente ante un estímulo externo mediante una broncoconstricción. Aunque los deportistas no asmáticos, que poseen la mencionada hiperreactividad, no presentan ningún síntoma en condiciones normales, sí los relatan cuando entrenan en ambientes con presencia elevada de cloro ambiental.
Las estructuras dinámicas de las vías aéreas cambian de diámetro en respuesta a una gran variedad de estímulos. Cuando se precisa movilizar una gran cantidad de aire, como ocurre durante el ejercicio físico, se produce una broncodilatación y, por el contrario, cuando se pretende limitar este aporte de aire, como cuando tiene lugar una exposición a gases irritantes, aparece la tos y broncoconstricción.
En el individuo que padece asma la respuesta de las vías aéreas está marcadamente aumentada. Los bronquios, responden exageradamente a pequeños estímulos físicos, químicos o farmacológicos a diferencia de lo que ocurre con los individuos sanos. Este fenómeno se denomina hiperreactividad bronquial y puede definirse con mayor facilidad como un estrechamiento exagerado de las vías aéreas.
La broncoconstricción no está limitada a las vías aéreas de los asmáticos; los bronquios de individuos sanos también se contraen si el estímulo es suficientemente intenso. La diferencia entre unos y otros es la facilidad de respuesta que padecen los individuos asmáticos.
En la mayoría de personas que padecen asma es inevitable hablar del asma de esfuerzo, que es aquel asma en el cual el origen de la crisis se debe a la realización de un ejercicio físico de mayor o menor intensidad y duración.
La sensación relatada por los deportistas y las pruebas de provocación bronquial realizadas llevan al planteo de dos posibles hipótesis. La primera, que el elevado volumen de entrenamiento (varios años), con la consiguiente hiperventilación y, por tanto, introducción en el árbol respiratorio de grandes cantidades de cloro, provoca en determinados sujetos una alteración de la mucosa bronquial que es la causante de esta hiperrespuesta. La segunda hipótesis, menos probable pero que no se puede descartar, es que los deportistas acuáticos ya tienen una cierta tendencia a padecer hiperreactividad bronquial, y han llegado a la natación porque es el deporte en el que más a gusto se encuentran; de hecho, es el deporte que reúne las mejores condiciones para la práctica por el individuo con asma. En cierto modo, se producen los factores necesarios para considerar la presencia de esta hiperreactividad como posible forma de asma de carácter ocupacional.
Los niveles de cloro ambiental que se emplean como referencia en estudios higiénicos están pensados para ambientes industriales con riesgo de presencia de cloro. La American Conference of Governmental Industrial Hygienists (ACGIH) establece un valor umbral límite (TLV) para el cloro de 1,5 mg/m3 para exposiciones de 8 horas día y 40 horas a la semana y 2,9 mg/m3 para cortos períodos de exposición (TLV, ACGIH, USA) (1993), que es un valor ampliamente usado como referencia en higiene industrial, no presentando diferencias especialmente significativas los otros valores usados como referencia o establecidos como normativas.
La orden 31 mayo 1960 del Boletín Oficial del Estado determina en el articulo 17: "cuando la depuración del agua se haga por procedimientos que impliquen la utilización del cloro o sus derivados, la cantidad de cloro libre que el agua contenga no excederá nunca de 0,20 a 0,60 miligramos por litro".
El decreto 193/1987 de 19 de mayo del Diario Oficial de la Generalidad de Cataluña, por la cual se aprueba el Reglamento Sanitario de Piscinas para uso colectivo, determina en el articulo 33.1 que los límites autorizados en el agua del vaso, en lo referente a los productos utilizados para la desinfección del agua serán:
En lo referente a la temperatura y ventilación se indica en los artículos 13 y 26 que:
Existen diversos procedimientos para la determinación de cloro en aire. Aparte de los métodos directos con detectores específicos, pueden destacarse los métodos colorimétricos, tales como el de la o-Toluidina, del Anaranjado de metilo y del loduro potásico, que es el que se ha empleado. Estos métodos colorimétricos, son rápidos, sensibles y simples. El principal inconveniente que presentan son las interferencias de otros gases oxidantes o reductores y la poca estabilidad de las muestras, lo que implica que debe procederse a su análisis lo antes posible.
Las muestras se captan a un caudal de 0,2-1 l/min, haciendo pasar el aire través de 2 borboteadores dispuestos en serie con 10 ml de solución absorbente de Kl al 1 % a pH 3,5, durante el tiempo necesario para muestrear entre 15 y 30 litros de aire. El yodo liberado en el reactivo de absorción se mide en un espectrofotómetro UV-VIS a 352 nm y se compara con una curva de calibrado de yodo. Es recomendable efectuar las mediciones en el borde del vaso de la piscina.
A la luz de la experiencia acumulada en los estudios realizados en las diferentes piscinas en las que se habían presentado problemas, se han obtenido las siguientes conclusiones generales: